La sonrisa de Peter
En un pequeño y tranquilo pueblo creció Peter. Era un niño obediente, callado y con muy buenos modales: el tipo de hijo que enorgullece a sus padres.
Pero su comportamiento era algo distinto al de los demás. Él prefería pasar las tardes leyendo en lugar de jugar en la calle, armar rompecabezas en vez de sentarse frente al televisor.
Su mayor defecto —eso decían— era la incapacidad que tenía para relacionarse con los demás.
—Es un chico tímido —decían sus padres.
—Parece tonto… y algo raro —opinaban las personas.
La realidad era otra: Peter tenía la capacidad de entablar una conversación con cualquiera.
Pero simplemente sentía asco de hacerlo.
Un día, a las tres en punto, Peter se encontraba en su balcón disfrutando de su sagrado momento de lectura. Este era interrumpido con frecuencia por la visita de su molesto primo Matthew, cuyo intelecto apenas superaba al de un perro… aunque no su encanto.
Entonces tuvo una idea para solucionar el problema.
Se recostó sobre la baranda y miró hacia abajo. Matthew sintió curiosidad y lo imitó.
—¿Qué estás mirando?
—No veo nada.
—Acércate más y podrás ver mejor.
Cuando estuvo en la posición correcta, lo empujó.
Al verlo en el suelo, apenas moviéndose, Peter experimentó una sensación de euforia. No podía explicar sus emociones, pero le gustó.
—¡Mamá, ayúdame! —gritó, tratando de no reírse—. El pobre Matthew cayó del balcón.
El tiempo transcurrió y ese recuerdo permanecía vivo en su mente: su llanto, el brazo roto… un bello momento imposible de olvidar.
Esa no fue su única travesura.
En su época de secundaria aprendió a fingir ser amistoso con los demás, y eso le facilitó un poco las cosas. También atrajo a personas molestas… una en especial.
Luke era de esa clase de personas que se creían interesantes siendo un completo idiota; además, su actividad favorita consistía en molestar a los callados, y uno de ellos fue Peter.
Constantemente lo acosaba en clase y fuera de ella, con sobrenombres y bromas sobre su orientación sexual, a lo que él respondía con una amable sonrisa.
Luke cometió un error: amenazó a Peter con darle una paliza, y eso no le gustó.
Durante semanas lo estudió, aprendiendo su rutina. Los jueves, a las diez de la noche, tomaba un camino solitario y poco iluminado. Así que ideó la manera de lidiar con su problema.
Durante una hora se ocultó, esperando el momento en que apareciera; vestido de negro, con guantes y capucha, y un precioso bate de béisbol. Cada minuto que pasaba, el corazón le latía con fuerza; su cuerpo temblaba, y no por miedo, sino por emoción.
Al ver que pasó junto a él sin prestarle atención, comenzó a seguirlo sin hacer ruido. Cuando estuvo a la distancia correcta, le dio un fuerte golpe en la cabeza; el impacto hizo que perdiera el equilibrio.
Poseído por la ira y el deseo de darle una lección a una escoria como Luke, se dejó llevar por el momento. Lo golpeó en repetidas ocasiones con todas sus fuerzas.
Luke le pedía que se detuviera, que no lo lastimara, que no había hecho nada malo. Peter sabía que, en parte, tenía razón: él nunca pidió vivir ni cargar con la miseria que trae la existencia humana. Pero ser un cretino sí fue su elección… y la disfrutaba.
Entonces lo escuchó: el hermoso sonido de un hueso al romperse, seguido de la expresión más pura y honesta, la que proviene de alguien cuando cree que va a morir.
Mientras caminaba a casa, saboreaba cada momento: cómo se retorcía de dolor, el cuerpo tirado sobre un charco de sangre… y cómo no le concedió el don de la muerte.
Después de ducharse, se recostó en la cama. Sabía que en la mañana tendría que fingir preocupación ante la noticia del brutal ataque a un indefenso joven.
Peter participó en un par de ataques parecidos: uno contra un profesor en su casa y otro contra un ministro protestante, que perdió el conocimiento mientras pedía ayuda a Dios… y este nunca apareció en su rescate.
Ese tipo de emociones no satisfacía su peculiar gusto, así que concentró sus esfuerzos en obtener notas perfectas, algo que se le hizo muy fácil.
Llegó el momento de ir a la universidad y optó por la carrera de Medicina; eso no sorprendió a sus padres. En su tercer año ocurrió un evento que cambió su vida: regresó a casa para ayudar en el cuidado de su padre, que agonizaba.
La agonía del pobre desdichado duró seis meses, y él no quiso separarse de su lado, acompañándolo día y noche. Para los demás, era el ejemplo de un hijo amoroso y apegado, siendo admirado por los allegados de la familia.
A su manera, él lo amaba y sentía respeto por él; ese sentimiento era el más importante según su opinión. Pero el verdadero motivo por el cual no quería dejarlo solo era ver la forma en que moría.
La vida abandonaba su cuerpo poco a poco, y con cada respiro su existencia se extinguía. Aquello despertó una malsana curiosidad en su interior.
Las últimas horas antes de su muerte fueron las mejores: presenciar su lucha por cada bocanada de aire, su mirada fija en el vacío contemplando lo oculto a los vivos… y la sinceridad en cada una de sus palabras fue algo glorioso.
Cuando exhaló su último aliento, no pudo controlar la emoción y estalló en llanto; no por tristeza, sino por el gran regalo que le había dado.
El resto de los actos fúnebres transcurrieron de forma normal, con la llegada de parientes hipócritas y curiosos que querían ver el cuerpo.
Durante el funeral, al observar cómo colocaban el cadáver en la fosa, recordó el frío de la piel y la paz que solo la muerte puede otorgar.
En él despertó un deseo que anhelaba saciar.
Para luchar contra ese nuevo apetito, buscó trabajo como asistente en una morgue. Trabajaba por las noches y evitaba el molesto contacto con los vivos. Aprovechaba la soledad para recostarse desnudo sobre los fríos cadáveres, sintiendo aquellos cuerpos rígidos e inertes. Pero aquello no calmó su impulso; por el contrario, solo avivó su interés.
Conforme pasaba el tiempo quería más. Ya no podía conformarse solo con su presencia: quería ser un instrumento que otorgara el don de la muerte. Quería revivir ese hermoso momento, atestiguar otra vez los últimos segundos de vida de algún desdichado.
La espera terminó. Apareció el primero: eligió quién se convertiría en su primera víctima. Se trataba de un profesor sustituto de primaria que vivía solo. Lo siguió durante varios días, estudiando su rutina.
Era de noche cuando entró a su apartamento. Lo esperó oculto en completo silencio. Al escuchar el sonido de la puerta al abrirse, un escalofrío recorrió su cuerpo; la respiración se aceleró y trató de mantener la calma.
El profesor tiró su portafolio al sofá y caminó hacia la cocina. Peter salió de su escondite y, cuando estuvo desprevenido sacando una cerveza del refrigerador, le inyectó un paralizante. Luego lo desnudó y lo ató a una silla.
El hombre no entendía lo que ocurría. Intentó moverse, pedir ayuda, pero su cuerpo no respondió.
Peter tomó un bisturí. Sus manos temblaban visiblemente por lo intenso del momento. Con una técnica exquisita realizó finos cortes en las muñecas del profesor, disfrutando ver cómo la piel se abría lentamente.
La sangre comenzó a formar un rojizo charco sobre la alfombra, y su olor metálico lo fascinó. En los ojos de su víctima vio la mezcla de dolor y miedo a morir. Se sentó frente a él y gozó cada segundo de su lucha por vivir.
Durante un mes siguió a una universitaria, aprendiendo su rutina. Ella llegó a su departamento cargando varios libros y algo de comer. Peter le ofreció ayuda; ella la aceptó sin dudar.
Le abrió la puerta y, cuando ella entró, le inyectó el paralizante. Igual que al profesor, la desnudó y la ató a una silla, pero hizo algo diferente: cosió sus párpados para que no pudiera cerrar los ojos.
Tomó el bisturí y le cortó la garganta. Al verla ahogarse con su sangre, el horror en sus ojos dibujó una sonrisa en su rostro.
Su obra más grande fue la masacre de toda una familia. Los sentó uno frente al otro y los obligó a ver cómo morían. La desesperación del padre, las lágrimas de la madre y el pánico en el rostro de los hijos.
Sin embargo, Peter sabía que nada podría superar aquella sensación… salvo su propia muerte: luchar por cada respiro y sentir la vida abandonando su cuerpo.

✨¡Muy bueno!, me recordó un poco a Jeffrey Dahmer, interesantes ese tipo de mentes, sobre pasados de inteligencia y desbordados de maldad. Gracias por compartir, lo disfruté 🖤🐦⬛🥀